Voces de escritor

Una mañana despertó.

Sentado en una piedra, pensando que no sobreviviría. Así fue como se recordaba hasta ese momento, sin embargo, el calor de la noche, el hambre que casi se convertía en un sin sentir de apetito, el cansancio que penetraba sus huesos, seguía ahí.

Iba a continuar, no tenía por qué detenerse, todo estaba en su contra, esa era la buena razón para pensar que no tenía nada que perder; todo giraba, pero no era mareo, era el recuerdo a contracorriente de todo lo que había pasado por aquel diminuto cuerpo.

Qué trabajo el ponerse en pie, pero al incorporarse volvió en sí, apretó las pequeñas cintas de sus zapatitos y tomó el costal que le había costado tanto trabajo robar, no era comida, tampoco un tesoro, ni el corazón de un dragón, no eran alas de hada o una princesa que enamorar.

-Mírame extraño, le susurraron al oído

Pero él, pequeño, diminuto, cansado y aturdido, pensó que de nuevo era su imaginación.

-Mírame, te digo.

De todas formas no había nadie a su al rededor, de todas formas no había aquel que pudiera producir tal sonido.

-Estoy enloqueciendo, voy a hacer de cuenta que no existo, que eso tampoco existe y que tú, tampoco estas aquí.

Tal vez su error fue el tono con el que lo dijo, el volumen y hasta el ritmo.

Siguió caminando por el ancho sendero, aquel paisaje de frutos, flores y colores envolvían su mirada y todo era tan grande que él se veía aún más pequeño. Qué difícil tarea es ahora describir todo lo que vio, todo lo que sintió. Un aroma a pan recién horneado tal vez, una brisa que simulaba al mar, colores de alguna isla Polinesia y si eso tuviera sabor, tal vez sería como el cacao Mexica.

Le había contado su misión, la describieron con detalle y recordando lo que pasó se dijo a sí mismo: ¿Qué?

Recordaba la aldea, recordaba a su familia, todos allá eran parte de lo mismo, vivían ensimismados y el calor de hogar era un invento de la postmodernidad, lo cierto es que quien encomendó la misión fue él, él mismo.

Una tarde como cualquiera, pensando poco y a la vez mucho, en todo y en nada, se encontraba sentado en el edificio más alto, lleno de gases nocivos, lleno de esperanzas nuevas para él y los suyos y se encomendó una misión, tan triste como cierta. No era momento para un nuevo Robin Hood, tampoco para cuentos de bestias, bellas, blancas nieves, enanos o carpinteros.

No recordó las palabras exactas, pero sabía que era algo como:

-Pequeño ser, poderosas son las palabras que se esconden en el viento, en el aire, en el sentido del tiempo, poderosas como tú, poderosas como todo aquel que las quiere escuchar y que tiene la capacidad. Vamos a inventar la estación del siempre.

En ese momento, tomó su maleta, llena de un poco de comida, un poco de ropa, un poco de agua y comenzó a caminar. Sabía bien a dónde quería llegar, pero nunca entendió el camino que quería tomar.

El camino fue difícil, las tormentas lo inundaban por dentro, dudas y preguntas hechas a destiempo, avanzaba y al poco tiempo decidía que era mejor retroceder, el rumbo contrario era mejor, envejecer caminando, envejecer andando, alma en pena, tenía miedo de ser, de no ceder, pero entonces, cansado del peso sobre sus hombros, subió a un árbol de naranjas que olía como a jacaranda.

Pero el recuerdo se esfumó, regresó en sí, a la parte donde no cabía más cansancio, no había espacio para el hambre, donde las piernitas le temblaban y no tenía por qué seguir, pero seguía. 

Y de pronto, una vez más le habló:

-¡Pedazo de carne!

Pero él no sabía a donde voltear, ya se había hecho tan cotidiano que pensaba que la locura lo invadía.

-Sigue caminando, sigue andando, tenemos mucho por hacer, tienes tanto por ver. A la derecha vas a girar cuando el tronco veas pasar.

Le recordó a alguien, pero no supo a quién.

-¡Más instrucciones! ¡Más qué hacer! – Gritó enfurecido al viento.

Y sus piernitas en automático andaban, en automático dejaron de sentir. Había tanto de lo que podía disfrutar, el verde en los árboles, los colores brillantes del Sol a través de las plantas, el fresco viento que cubría su tez, pero a él no le importaba porque sus piernitas respondían sólo en automático.

Vio el tronco pasar, rodaba como si pudiera flotar, como si el viento lo llevará y cantara, como si no pesara, pero el pequeño hombrecito hizo todo lo contrario, giro a la izquierda, a la izquierda estaba su corazón y a la izquierda sus piernitas automáticas respondieron sin temor.

El camino comenzaba a tornarse oscuro, a cambiar de tono a un naranja otoñal, aún así era precioso, aún así el sol brillaba entre las hoja y todavía el pequeño hombrecito seguía sin fuerza, seguía siendo un ente automático, triste, solo, abandonado, siempre recordando que lo que había logrado, él sólo se había obligado a tomarlo.

Se encontraba ahogado en sus pensamientos de desaprobación, de eterna angustia y calumnia (siempre causada por sí mismo), se convertía en su propia víctima, pero de repente, un ser extraño apareció:

-¡Ayuda! ¡Se han robado mis ojos! ¡Ayuda! ¡De nuevo he perdido mis ojos!

Giraba, corría, saltaba, aullaba.

El hombrecito se asustó y corrió de tras de una pila de hojas de Maple secas, sólo podían observarse sus ojos entre aquel enorme montón, espiaba al ser, trataba de clasificarlo, pero sin éxito se dejo intrigar por aquello que gritaba. ¿Cómo era posible perder los ojos?

-¡Ayuda! ¡Mis ojos, he perdido mis ojos!

Comenzó a temblar, sentía que se desvanecía, lo invadió el miedo, él no quería perder sus ojos. ¿Y si lo atrapaba y le robaba sus ojos? ¿Y si lo que quería era eso y no ayuda?, las hojas comenzaron a moverse y una ráfaga de viento lo sacó volando con todo y hojas, se llevó también a la criatura sin clasificar.

Cayeron de golpe en un estanque, el agua era helada y ambos temblaron de frío.

-¡Mis ojos! ¡Devuélveme mis ojos! ¿Quieres pelear? ¡Respóndeme!

La criatura gritaba mientras intentaba flotar y tocaba el agua como si buscara algo de manera brusca, salpicaba al hombrecito y lo acusaba por robar sus ojos.

-¡Devuélveme mis ojos te he dicho! ¡Sé quién eres y sé que has robado mis ojos!

Todos sabemos la verdad, el hombrecito no tenía sus ojos, no sabía de que hablaba la criatura, que vale describir antes de que se torne más extraño su parecer. Grande, pero no alta, tampoco era gorda, era de color verde, verde musgo y su textura, bastante parecida, sin embargo jamás nadie lo tocó para comprobar la naturaleza de esa sensación, ojos grandes y pelones, donde ahora sólo se veían hoyos, no tenía distinción entre cuerpo y cabeza, era una especie de cilindro con boca grande y naranja, sus orejas parecían picos de estrella, patas de rana y cola de tigre, verde, tan verde como el musgo del estanque donde habían caído ese atardecer.

-Yo… yo… yo no tengo… tus ojos. – Le digo el hombrecito

-¡Yo sé que tú los tienes y me los vas a devolver!

-¿Por qué habría de tener yo tus ojos? Si los tuviera, escaparía antes de que pudieras atraparme, sin embargo, sigo aquí atrapado en el estanque, congelándome contigo.

-Tienes razón criatura. Por esa diminuta voz puedo asumir que eres de un tamaño peculiar, eres de una tierra que nunca querría pisar, sin embargo, algunos negocios me han llevado a cubrir territorios que no imaginarías.

-Sí, soy de allá, de donde nadie quiere pisar.

El hombrecillo se olvidó un poco de su pesar, del hambre y de lo automático que era, pero el breve descanso le dio a sus piernas una razón para ya no avanzar, comenzaba a hundirse, el estanque no era profundo, pero para alguien de su tamaño era posible hundirse.

-¡Ayuda! ¡Me ahogo! Gritó el hombrecito

La criatura cilíndrica lo atrapó, pero sin sus ojos, no podía ayudarlo a salir. En ese momento tocó el fondo y sintió una forma de serpiente, aguado y viscoso y le gritó.

-¡Aquí estás, desgraciado! ¡Te he encontrado!

El hombrecito se preocupó porque no podía ver nada, él se lo atribuía a la desesperación, pero el cilindro lo soltó y el hombrecito se hundió, directo al fondo, directo a no saber nada, hasta que sintió el aire de golpe en su cara y el cilindro lo sostenía, ahora sin hoyos, ya tenía ojos.

-¡Tus ojos! ¡Los encontraste! Pero qué bonitos son.

-¡No los mires! ¡No me veas o los perderé de nuevo! – Asustado, le dijo el cilindro

Giró bruscamente su cabeza, asustado por lo que había dicho y de reojo miró un árbol lleno de frutas, de esas que nadie conoce y sólo tienen en su tierra. Le dio tanto gustó que salió corriendo y dejó al cilindro atrás.

-¡Deja eso hombre diminuto! ¡Vas a conseguir una buena enfermedad!

-¡Pero son frutas, de esas que necesito para que mis piernas ya no sean automáticas!

El cilindro quedó extrañado, no entendía nada de lo que decía.

-¡Vaya forma de agradecerme la vida, hombrecito!

-¿Me dejarás comer o vas a continuar lamentándote? ¡Ya tienes tus ojos!

El cilindro asintió y lo ayudó, al final de cuentas, el hombrecito sabía lo que hacía y si enfermaba, no tendría qué preocuparse, amigo suyo, no era.

El Hombrecito comió, devoraba las frutas, aventó unas al piso y le ofreció a la criatura extraña, pero no quiso, para él, eran tóxicas. El hombrecito guardó unas en sus bolsillos y se dispuso a seguir comiendo, cuando estuvo satisfecho, recordó que lo habían salvado, agradeció y la curiosidad le comía el pensamiento.

-Ehm… ehm… ¿por qué perdiste tus ojos?

-Verás, si me miras directo, si me miras con deseo, con ese sentimiento de admiración, si me miras fijamente, perderé mis ojos, serán tuyos, verás lo que no puedes ver y entenderás cosas que sólo con esto se ven – señaló sus ojos.

-Si cierras los ojos, continúo el cilindro, te concentras y guardas silencio, en este gigantesco lugar, lleno de otoño, vas a escuchar criaturas, voces que parecen haber perdido la cordura y un poco más, pensarás que te vuelves loco, que te conviertes en uno de ellos y te irás al más allá, el deseo de verlo se convertirá en tu más grande anhelo y querrás robar mis ojos. Los visitantes, los que vienen de paso, los que se pierden, todos aquello enemigos míos cuando cierran los ojos, creen que están locos, que nadie los entiende, pero cuando se ponen mis ojos, ven al mundo con el cristal que necesitan, con el color correcto de la locura y se dan cuenta, que nadie está perdido, que es el filtro, que cuando bailamos sin música, la música está por dentro, que cuando nos susurra el viento, una musa nos dicta.

-No te entiendo, dijo el hombrecito, si te miro o si me concentro y cierro los ojos ¿Querré robártelos?

-Así es, pequeño hombrecito, por eso es peligroso quedarse por mucho tiempo aquí, la alerta debía ser en otro sentido, no hacía el lugar del otoño. Aquí sólo vienen los extraviados. aquellos sin rumbo, y tú, al tener ese costal, me das a entender que sabes a dónde vas.

-Pero yo no sé a dónde voy, la historia del costal es un tanto… confusa… es un tanto… irreal.

-Hombrecito, no tienes qué decir, desde que entraste aquí percibí tu irrealidad, pero con mis ojos puedo ver más allá, no tienes qué temer por mi, pero sal de aquí antes de que te convenza y quieras robármelos otra vez.

-¿Pero qué dices? Te he dicho que yo no…

Lo interrumpió el cilindro.

-No digas más ¡Véte ya!

El hombrecito salió corriendo, lo automático se había convertido en pánico, qué extraña criatura aquella que acababa de ver, qué extraño y bonito lugar aquel bosque otoñal. Tenía fuerza, tenía miedo y ese miedo le recordaba el árbol de naranjas que olían a jacaranda, de nuevo se sentó, pero esta vez no durmió, recordaba lo que había pasado con el costal.

Recordó cómo se sentía, recordó el peso en su cuerpo y la tristeza, pero más que tristeza era la incertidumbre, recordó esas palabras del viento.

-Hombrecito, sigue tus pasos, sigue el camino, encuentra la salida a dónde te indique el viento.

El hombrecito seguía intrigado sobre la voz, no veía quién era, no veía nada y mucho menos sabía quién era. Sus reservas de comida se veían bien, pero sabía que no durarían hasta el fin, tenía que hacer algo y pelear con la voz sólo le restaba fuerza, la ignoró.

Bajó del naranjo y caminó por un sendero fuera de lo que quedaba de la ciudad, quería ir a la aldea del Norte, quién sabe por qué o para qué, pero los sentimientos nunca dan razón, el hombrecito sentía.

Recorrió una larga distancia, que para un hombre de tamaño promedio tal vez no pasaría de la semana, pero para el tomó más tiempo del que esperaba, al final de la noche podía ver unas pequeñas luces, como luciérnagas en medio del bosque, pero aquí no había bosque. Sabía que era la aldea del Norte, sabía que estaba a medio día de llegar.

Mejor se apresuró, ya no quería pasar otra noche durmiendo en el suelo, al final, el hombrecito era un hombrecito de ciudad y por más aventura que quisiera encontrar, a veces dudaba de su capacidad para retarse a la vida alejada de la comodidad.

-Vamos hombrecito, no te rindas, es sólo un sendero más, le dijo la voz.

-Déjame ya, sólo me das instrucciones, no te entiendo nada, no sé quién eres, te quiero atrapar y no te veo, te quiero plasmar, te quiero entender.

Pero no obtuvo respuesta esta vez. Siguió caminando y al paso de unas horas, después de pensamientos largos y ambiguos, llegó a la aldea, se encontraba a unos pasos de la entrada cuando encontró a alguien que le hablaba algo que no entendía.

Parlez vous notre langue, monsieur?

-¿Qué?

Parlez vous la langue du nord?

No te entiendo, soy del sur, de la ciudad, donde parece que todo va mal y para algunos como yo, así es.

Monsieur, je suis un habitant de cette lieu, je suis monsieur chat, mais je ne suis pas une chat.

El hombrecito sólo lo miraba, no le decía nada, no entendía nada y más se consternaba.

Je sais que vous besoin de une nouvelle vie, vous êtes en cherche, mais je ne crois pas que vous avais arrive a son rêve, encore a beaucoup de choses pour faire.

Hombre, tú no entiendes nada y yo, tampoco te entiendo nada.

El hombrecito sabía que tenía que dormir, comer y terminar con todo eso, así que se dispuso a hacer un montón de señas, de gestos, de bailes y cuánto se le ocurría, para que el señor ese le entendiera, al cabo de unos minutos el hombre lo tomó del brazo y le dijo, señalándose a sí mismo:

Monsieur chat

Y después lo señaló a él, como preguntándole por su nombre, pues ya había entendido que aquel señor se llamaba “chat”. El hombrecito no respondió y lo miró fijamente, Monsieur chat lo llevo del brazo sin decir nada más, la voz le habló.

-Ahora que conoces a Chat, irás con él, robarás el costal que está en la mesa de su casa y huirás a la media noche.

-¡Qué te sucede! ¡Yo jamás voy a robar!

Chat lo miró extrañado, entendía lo que pasaba, pero no sabía en qué fase se encontraba. Qué extraño, Chat lo entendía todo, pero jamás le explicó, o tal vez lo hizo, pero el hombrecito no hablaba la lengua del Norte.

Chat lo invitó a su casa, a base de señas se formó una conversación que se tornaba un tanto aburrida cuando de detalles se trataba, ninguno hablaba la misma lengua, ninguno podía saber si lo que estaba entendiendo era correcto, pero llegaba la hora de dormir, habían pasado casi un día entero hablando, hablándose en dos idiomas diferentes y contándose secretos, habían encontrado una amistad verdadera, ninguno juzgaría al otro, ninguno contaría los problemas a alguien más, ninguno hablaría de lo que se dijo ese día.

Chat después de tanto hablar y comer, se quedó dormido, pero el hombrecito, a pesar del cansancio y las dudas, sentía un enorme placer, jamás había sentido satisfacción alguna por una simple plática y más extraño aún, una platica de la que entendió literalmente la mitad y así, pensando en su nueva alegría, no podía pegar los ojos, tenía insomnio una vez más.

-Debes hacer lo que te ordené

Una ráfaga de viento entró y Chat sólo se acomodó en su lugar.

-¿Quién me habla? Si quieres que haga lo que dices, tienes que dejarme verte. Dijo el hombrecito

Entonces, otra ráfaga de viento entró por la ventana, lo empujó y lo tiró cerca de la mesa, su brazo apuntaba al costal, sabía que lo tenía que robar, ansiedad recorría sus piernitas, su estómago se llenaba de cólera, deseaba el costal, pero no sabía que había dentro de él, no sabía por qué lo quería, no sabía si estaría traicionando a su nueva amistad.

Lo tomó, desesperado salió corriendo, olvidó sus pertenencias, la poca comida que le quedaba, pensó que nadie lo había visto, que Chat jamás regresaría a su vida, que había ganado y perdido todo en la misma noche, que Chat no se había dado cuenta del ladrón que hospedó en su casa aquella noche. Pero como era costumbre, el hombrecito estaba equivocado, Chat lo sabía todo, Chat entendía todo desde el inicio y a él le habían dicho que permaneciera dormido.

El recuerdo llegó a su fin, el hombrecito estaba tendido en un lugar a las fueras del bosque otoñal, pensando en cómo fue que traicionó a Chat y como fue que robó el costal.

-¡Maldito costal! ¡Maldita voz! ¡Por tu culpa perdí todo esa noche!

Entre más lo pensaba, menos entendía porque la voz comenzó a amargarse tanto con él, a tener ese tono de maldad y poco a poco menos respeto. Era hora de abrir el costal, quería saber qué tenía dentro, tal vez así la criatura que produce ese sonido se haga presente. Sin embargo, sabía que ese no era el mejor lugar para liberar lo que sea que estuviera dentro.

-Este costal seguro no tiene nada. No pesa, no se siente, lo he cargado por horas, días, no sé si semanas.

Caminó y llegó al final del planeta, al borde de los sueños, donde el cielo era estrellado, el aire no existía y el perfume del tiempo penetraba los sentidos. El hombrecito, que reflejaba su silueta en uno de los planetas vecinos, por primera vez se vio grande, sus orejas puntiagudas, su nariz respingada, sus ojos no se reflejaban, pero eran grandes y del color de nueces, su piel era entre un violeta muy claro y gris brillante.

-¡Te voy a liberar… cosa!

Decidió llamarle así al extraño en el costal.

De repente, la más hermosa imagen espacial se dejó ver, eran tipos diferentes de estrellas paseando, parecía que bailaban para el hombrecito, los colores se mezclaban y se sentía dispuesto a lo que sea que pasara con él. El hombrecito liberó el costal, desató los cordones con sus pequeñas manitas, pero el costal se desinfló, cayó al piso y nada se liberó.

Un montón de sonidos aparecieron, tenían color o parecía que las estrellas y los planetas les daban razón para formarse con ellos y producir danzas, los sonidos se separaron, se deshicieron, unos a un planeta, otros al suyo, pero uno, parecido a él, voló cerca, parecía mariposa monarca, pero su sensación era de pequeñez. Jugaba, a veces se dejaba atrapar, otras no lo conseguía. Los sonidos se liberaron.

Tan grave como se esperaba que fuera, tan gris como noche triste, golpeaba tan fuerte como látigo que no perdona, se metió en él, lo tumbó, lo abrazaba, se apoderó y quitaba del espacio de su pobre elección todo lo que pudiera acompañar al pequeño cuerpecito del pequeño hombrecito, ya no tenía dudas, pero sólo le quedaba una cosa amarga, una gota ácida, el deseo de escribir con todo lo que tuviera a la mano, el deseo de atraparlo cuando no tuviera cómo.

El hombrecito durmió por dos semanas enteras en el centro de la orilla del planeta, en el corazón de la frontera. Cuando despertó se conmocionó, parte del recuerdo quedo girando en su cabeza por días, pensaba que si hubiera sido capaz de devolverle al hombre su costal, tendría confianza para regresar, contarle el sueño hecho realidad y alegrar la tarde de algunos aldeanos.

Pero él, lo había traicionado, había robado.

Si tuviera los ojos del cilindro, si pudiera ver lo que otros no entienden, entendería la voz de los del Norte, entendería la historia o la anécdota o lo que haya sido, que aquel hombre Chat le había confiado. Estaba perdido, sin amigos, sin ganas de regresar al país que nunca amó.

Camino y camino por horas, de repente lo contenía la ansiedad, lo hacia presa del deseo, quería escribir, las palabras le sonaban bien, rimaban, se sentían, a veces les entendía, lo explicaba, lo jugaba y a veces se quedaban, pero otras, lo poseían y se iban, lejos de él, a buscar a alguien más que estuviera golpeado por los sonidos, que tuviera la capacidad.

Cuando el hombrecito podía, escribía, eso lo llenaba; cuando no, entristecía y lloraba, a veces por dentro, mojando sus huesos, otras por fuera, mojando su piel. Se había quedado en él un regalo del viento, un regalo que lo liberaba y lo usaba, era el medio del silencio.

Pasaron meses, después de todo, lo que el hombrecito quería era salir del país, salirse de sí y lo había logrado, se había encontrado en otro lugar. Y se acordó.

-¡La voz! – Gritó.

La había olvidado, la imagen en la orilla del planeta había hecho de todo con él y lo había dejado estacionado, perturbado tal vez, pero se olvidó de aquella causa del saco, de aquella historia de amigos que no vería jamás.

Vio el tronco, lo siguió, el bosque lo atrapó, el conocía el lugar.

-¡El estanque! – Se emocionó

Corrió tanto como sus piernitas se lo permitieron, los llamó, por su nombre, su apodo y forma, pero el cilindro jamás apareció. De repente, entre los árboles vio la silueta de algo más o menos de su tamaño, se aceró y vaya sorpresa.

-Cilindro, ¿Qué te pasó?

-Yo no soy cilíndrico, yo soy circular. Mis ojos se salen ¿los podrías cuidar?

– Cilindro, pero tú y yo somos amigos.

– Yo no te conozco, ten mis ojos, las criaturas te lo van a agradecer.

En ese momento, el hombrecito tomó los ojos y se derritieron en sus manos, se hicieron parte de él, se pegaron a él y desaparecieron en su ser. El hombrecito cayó al piso, lo invadía un gran sopor. Pasaron algunas horas, pero despertó. Se encontraba en un espacio bastante similar, sin embargo, estaba rodeado de criaturas, parecía un mercado, mercancía se intercambiaba, alimentos se canjeaban, animales, o eso parecían, se quejaban, los precios eran demasiados altos.

El hombrecito caminó unos pasos y al no saber a dónde ir, giró y chocó, chocó con Chat. Lo invadió el pánico, Chat seguramente lo mataría, su costal se había robado, su amistad había traicionado. Pero era, una vez más, exactamente lo contrario.

Chat salió disparado hacia sus brazos, lo abrazó y comenzó a contarle una historia

– Je sais tout, il n’y’a pas problème, vous avais fair tout parfait mon amie, je connait l’histoire.

– Pero ¿cómo es que sabes todo lo que ha ocurrido y no me lo dijiste?

– Je ne suis pas le personne pour parler de c’est choses, il’y’a une que dois le faire.

– ¡Me entendiste y yo te entendí a ti! Ahora me puedo comunicar contigo y te puedo contar de nuevo esa historia larguísima que ya dije una vez.

– Les yeux sont pour voire choses que les gens ordinaires ne peuvent pas voire, ils vous montrera les détails de la vie sur subjectivités; maintenant, vous êtes sur une marché où vous peux comprendre tout ce que vous voyez, vous devez écrire tout ce qui est arrivé, parce que ça c’est ton rêve. Et comme pour les cylindres, ils sont de courte durée, ils sont née à l’aube et au crépuscule die

Con esa explicación, al hombecito le quedó todo claro, lo único que no lograba entender era la voz y por qué se había olvidado de él, ya no venía a verlo, de cierta forma la extrañaba. Chat le había regalado una pluma de ave que pintaba sobre cualquier superficie.

En ese momento, el hombrecito escuchó la voz:

– Aquí estás, atorado en medio de un camino que apenas está por comenzar, te voy a dictar, soy parte de ti y tú de mi, vamos a escribir juntos.

Y así fue como el hombrecito empezó a escribir esta historia.

Una mañana despertó.

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