Nuestro bote

Navegabamos todos los días, a la misma hora, zarpando del mismo puerto, a veces hacía frío y a veces él estaba contento. 

Contando los metros al salir del muelle, por mi piel siempre corría el mismo viento, siempre preguntándome lo mismo:

-¿Cuándo podré dejarme llevar y no pensar?

La única historia y el único silencio, mostrándome los sentimientos, mostrándome lo que parecía correcto.

No podía ser capaz, yo no era quien debía continuar, pero el bote se llenaba y era algo que jamás había visto, no era agua, no era sal, no eran algas.

-Mi amor ¡Te Quiero!

Y entonces, esa cosa viscosa salió de ahí, nos dejó vivir, nos dejó…

Pero nosotros seguiamos haciéndolo, viajábamos con el viento, las velas llenas de sustento, el bote lleno de nuestro sentimiento; me enseñaba el mundo, me enseñaba a conocerlo, lo veía con otros ojos y entonces, yo le enseñaba a verlo con los míos.

De repente mi bote, nuestro bote, comenzó a llenarse de nuevo, a sentirse pesado y al liberarlo…

-Mi amor ¡Te Amo!

Continuamos saliendo todos los días, continuamos y continuaremos, la verdad es que no hay verdad, no había monotonía, no había utopía.

Experimentar, sentir a través de su piel, bailar sin ritmo y se sentía bien, cuidar juntos el bote, cuidarnos en el bote, vernos ser y ser con el otro, juntos y por separado, a su lado y en su centro.

Demostrarlo.

Y entonces, la viscosidad llegó y me aplastó, sólo pude lidiar con ella cuando le demostré, lo cuidé, lo abracé y con eso, a nosotros, a nuestro bote.

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