Capítulo 1

Este intento de novela no tiene nombre aun, no tiene domicilio, ni dominio, no ha sido contada, tal vez leída y criticada. Hacen ya 8 años desde que el intento por crear algo más grande recorrió mis palmas, llegó a mis dedos y se atrevió a conversar con la pluma. A la antigua, me dije. Sí, a la antigua sale mejor, sintiéndola en puño y letra y no dedo y tecla.

Dan ganas de que sea algo más que sólo el Capítulo 1, pero eso ya se verá. Llevaba el nombre de capítulo final, pero no tenía ni idea de lo que iba a enfrentar, por cuidar pequeños errores y estilos, dejaré esto como capitulo 1.

Podía pensar en él, pero ella no sabía cómo reaccionar, todo giraba en torno a un mundo que ahora parecía nuevo. La verdad es que un día pareció viejo. Al caminar, no tenía que pensar: un pie, luego el otro, de nuevo el pie, ahora el otro. Se movían solos, ya sabían a dónde ir y al hablar, parecía que todo al fin, salía de donde debía, no pensaba que ese lugar al que jamás creyó llegar, estuviera ahí. Cuando escribía, una voz que no se escuchaba, pero sí se sentía, la guiaba, la verdad es que ahora la conocía y sabía cómo usarla.

Parecían, todos ellos, detalles sin importancia, pero cuando él estuvo cerca, le importaron. La forma en la que desapareció, nadie la conoce, ella prefiere sólo recordar el dolor, sabe que poco a poco se irá. Deseaba dejar ese pasado que por más lejos que fuera, no la dejaba en paz. Ella nunca quiso escuchar y él, nunca quiso hablar; tímido, bajo la luz del sol reflejaba menos temor.

Me encontraba lejos de ellos, aseguro que no participé, aseguro que no sé dónde fue, pero también aseguro que sí sé cómo. No recuerdo sus nombres, pero eso es punto aparte, no le pongamos nombres, pongamos sentimientos.

Una mañana, mientras caminaba por un lugar frío y sin alguien que pudiera acompañarla, decidió sentarse para olvidar el suceso de aquella noche; parecía que todo era gris, pero en su mente había color. Una cena con la familia como cualquier otra, sólo que esta vez derramó el vino sobre el mantel. En ese momento alguien tocó a la puerta y para no escuchar el reproche, abrió.

Todos pensaron que esperaba a alguien, que se había alterado y por eso tiró el vino, ese mantel era de los pocos recuerdos de su madre, sería la última persona en dañarlo, aunque fuera sin intención alguna. Cuando llegó a la puerta vio una sombra que corría al otro lado de la calle. Pensó que eran los niños que jugaban, era mejor volver a la casa y aceptar la realidad del regaño.

Ella no dijo nada, aunque pudo haberle dado una buena respuesta, jamás se portaba mal sobre la mesa, ella sólo pensaba en la sombra y al girar para ir a su cuarto, pues el hambre ya había pasado, escuchó susurrar su nombre, sintió una respiración, como si se encontrara bajo una tormenta helada.

No fue miedo, no quiero una historia de terror después de todo lo que he pasado, pensó. Quería la explicación, quería saber por qué, siempre por qué. Formulaba explicaciones que llegaban al sin sentido y sólo ella entendía. Ese algo, lo que ocurrió, le había quitado algo y ella lo quería de vuelta.

Regresando a la realidad que le tocaba, con recuerdos fugaces sin control, le dio tiempo de avanzar unos metros sobre el frío lugar en el que estaba, pero se distrajo, una vez más el mismo error. Cayó al piso, pues una piedra se atravesó, cayó a los pies de una monja, quien la ayudó a levantarse, la llevó con ella para ser revisada, la monja era enfermera en un convento.

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